La momia del Titanic

En el mundo de los supuestos “misterios” egipcios, hay historias que no hacen sino repetirse. Poco importa que su andamiaje de sinsentidos haya quedado desmontado. Una de estas leyendas urbanas es la de la “momia” del Titanic, investigada a fondo recientemente por Roger Luckhurst en un libro titulado The mummy’s course.
La historia es tan falsa que el objeto en cuestión ¡ni siquiera es una momia! En realidad se trata de tabla de momia. Este tipo de objetos, un largo tablón de madera que presenta en relieve el rostro, la peluca y las manos cruzadas sobre el pecho del difunto, se colocaban a modo de protección sobre la momia antes de cerrar el ataúd. La tabla que nos interesa está fechada en la XXI dinastía (950 a. C.) y conserva unos colores brillantes; si bien el tiempo transcurrido y el barniz empleado han terminado por darle el tono anaranjado propio de los ataúdes del Tercer Período Intermedio. La tabla fue donada al Museo Británico en 1889 por Arthur F. Wheeler. La tabla puede encontrarse en la web del museo buscándola por su número de registro (E22542) o escribiendo unlucky mummy –la momia que trae mala suerte–.

Pero ¿cómo empezó todo? Pues con la historia de un grupo de turistas que visita Egipto y decide traerse un bonito recuerdo en forma de momia o similar. En este caso, el viaje se remonta a la década de 1860, cuando Thomas Douglas Murray ­realizaba viajes anuales a Egipto. La fecha de la adquisición se desconoce, sin embargo, en un artículo en la revista de viajes Land and Water en 1869, el propio Murray narra un episodio que bien pudo haber sido el de la adquisición del objeto:
“Antes de abandonar la casa del cónsul, se nos informó de que en el edificio había algo a lo que podíamos echarle un vistazo, y en una habitación del piso superior encontramos un ataúd de momia ricamente ornamentado con su momia completa. (...) Al levantar la tapa del ataúd exterior, que era sólida y muy pesada, aparecieron los colores más vívidos y el trabajo incluso más cuidado de la segunda caja, dentro de la cual estaba el cuerpo, todavía intacto (...) Las manos y el rostro de este ataúd interno estaban delicadamente talladas y pintadas de brillante rojo con la imagen de una bella egipcia”.

Pocas líneas después, Murray recuerda que hay leyes que impiden sacar objetos arqueológicos del país, dejando ver a sus lectores que se limitaron a deleitarse con los objetos. Me da la impresión de que posiblemente se trate de una libertad creativa para no reconocer que los sacaron de contrabando sin problemas; porque, pese al buen trabajo del joven Servicio de Antigüedades Egipcias, la exportación fraudulenta de antigüedades era algo común por esas fechas. En cualquier caso, lo cierto es que en uno de sus viajes Murray y su grupo entraron en posesión de varios objetos faraónicos y que uno de ellos era una tabla de momia a la que no tardó en colgársele el sambenito de “maldita”.