Cinco días después de que un tsunami se tragara la costa noreste de Japón, el Emperador Akihito se dignó ayer a hablar públicamente para mostrar sus condolencias por las víctimas de esta catástrofe natural y lanzar un mensaje de ánimo a sus súbditos. «Confío sinceramente en que los damnificados por este desastre no se rindan, se preocupen de sí mismos y vivan con fuerza para el mañana», arengó el Monarca en un discurso televisado desde el Palacio Imperial. Su comparecencia fue una sorpresa porque, a pesar de los dramáticos momentos que sufre el Imperio del Sol Naciente, el Soberano no suele dirigirse a la sociedad nipona.
De hecho, hay que remontarse hasta otra catástrofe natural —el terremoto de Kobe en 1995— para encontrar otra alocución de Akihito a su pueblo. Y su padre, el Emperador Hirohito, fue escuchado por primera vez en Japón cuando anunció por radio la rendición ante Estados Unidos al término de la Segunda Guerra Mundial (1939-45).
Gira del Soberano
Venerados en el pasado como auténticos dioses vivientes, los emperadores nipones cumplen hoy una función ceremonial, ya que el máximo responsable político es el primer ministro, Naoto Kan. Sin embargo, Akihito sigue siendo muy apreciado por la sociedad y hasta podría llevar a cabo una gira por las provincias afectadas por el tsunami para levantar la alicaída moral de los japoneses. «Es importante que cada uno de nosotros comparta los días difíciles que nos aguardan», recomendó el Soberano, quien reza «para que nos cuidemos todos mutuamente y podamos superar esta tragedia». Además, confió desde el fondo de su corazón «en que los japoneses, mano a mano, se tratarán unos a otros con compasión para superar estos momentos difíciles».
En otro país, sería escandaloso que el jefe del Estado se mantuviera en silencio y ausente tras la triple catástrofe que azota al país desde el viernes: un terremoto, un tsunami y una fuga nuclear. Pero Japón es diferente, como muy bien han demostrado sus ciudadanos con el exquisito comportamiento cívico que han mantenido en todo momento tras la tragedia. A pesar de vivir los peores momentos de los últimos 65 años, no se han producido episodios de vandalismo ni expolios y los sufridos japoneses siguen guardando cola de forma estoica para repostar gasolina o abastecerse de los pocos productos que aún quedan en las provincias castigadas por el tsunami.
El último recuento oficial de muertos llega a los 3.700, pero esta cifra aumentará sin duda porque se calcula que hay más de 10.000 desaparecidos. Muchos de ellos jamás serán hallados porque, tras ahogarlos, la ola de diez metros se los llevó mar adentro cuando las aguas retrocedieron.
Con lentitud y entorpecidas por la nieve, las tareas de rescate y desescombro prosiguen en el noreste, donde los militares se afanan buscando cadáveres en pueblos como Otsuchi, en el que han desaparecido más de la mitad de sus 17.000 habitantes.
En el capítulo de daños materiales, las pérdidas en edificios, producción y consumo se sitúan entre 10 y 16 billones de yenes (entre 90.000 y 144.000 millones de euros), un duro golpe para la alicaída economía, que no termina de levantar cabeza desde la crisis asiática de 1997. A la falta de competitividad en beneficio de países emergentes como China y Corea del Sur, se suma una catástrofe que ha dinamitado la tradicional imagen de eficiencia y seriedad de Japón. Engullido por las tinieblas del tsunami y bajo la amenaza de una nube radiactiva, asiste a su más trágico ocaso